Somos lo que creemos

Artículo escrito por Chichí Páez (gerenciaenaccionve@gmail.com), publicado en el diario El Carabobeño, el 10-10-2010 (http://bit.ly/batLBr)

Actualmente, la ciencia y la tecnología brindan un mundo nuevo y lleno de posibilidades. Sin embargo, las actitudes y sentimientos individuales no han evolucionado como debiera ser y se podría decir que el factor humano está “mal equipado”, para aprovechar las oportunidades que a diario se le presentan en el camino. Esto es así porque arrastra creencias y percepciones equivocadas sobre la realidad extraordinaria que presenta el entorno de esta “aldea planetaria”.

Para las personas con muy poca visión de futuro los paradigmas son aquellas estructuras mentales (ideas, creencias) firmes, resistentes al cambio y casi siempre negativas, que gradualmente reducen la amplitud y profundidad de la visión, la esperanza y la fe. De aquí que sean incapaces de formular un horóscopo (del griego horos: hora; y skopeo: examinar), pues no pueden presagiar porque no tienen clarividencia del futuro: esa presunta capacidad de ver anticipadamente lo que devendrá: están atadas al pasado.

Los paradigmas están formados por pensamientos que se aglutinan en conceptos y van dando forma a la manera de pensar, que producen emociones (químicos orgánicos: positivos o negativos) para culminar afectando directamente el estilo actitudinal de las personas: creando su “gran portón de entrada-salida” o su “gran muralla china”, respectivamente. Paradigmas negativos son pensamientos, fortalezas mentales causantes de la falta de cambio: en esta gente no ocurre la neurobiónica (la capacidad de cambiar la arquitectura y el funcionamiento neuronal y mental).

El peligro radica en el hecho que una vez que una persona admite un paradigma, pasa a almacenarlo en su memoria y no vuelve a cuestionarlo más; lo acepta como la verdad definitiva, sin percatarse que -en realidad- se ha convertido en un esclavo del paradigma. En otras palabras, los paradigmas vienen a ser bloqueos mentales “más sólidos que una pared de concreto armado” que separan a la gente de las cualidades naturales favorables (fortalezas) que poseen y no son autoconocidas.

Existen personas que no aceptan la sanidad divina, porque les enseñaron que el actual Poder Superior -hoy día- no sana. Recibieron la enseñanza, la guardaron en su corazón y la hicieron suya. Cuando llega la enfermedad, acuden al médico (voz que deriva de la sánscrita “meth” que significa “maldiciente y conjurador”) y buscan alivio por todos los medios disponibles. Sin embargo, sus paradigmas les impiden esperar un milagro de sanidad: les prohíben -literalmente- creer en una intervención divina.

Existen muchos ejemplos de la vida real que -como consecuencias de la fijación de los paradigmas- impiden al factor humano rebobinarse y cambiar.

Es el caso de las personas no sanas, que internalizan y se comportan como que si las fortalezas mentales les someten y les aprisionan. Los especialistas en comportamiento humano, queriendo proceder contra esas fortalezas mentales en estas circunstancias, están convencidos que se necesita darles un impulso: un envión motivador. Ante tal envite, muchas personas han reaccionado y recuperado su estado de salud.

Hay necesidad de darle “un pequeño empujón” a esas personas “enfermas”, para que logren zafarse de las cadenas de prisión a las que habían estado sometidas por causa de lo que creían con todo su corazón.

Los paradigmas son ideas que impiden cambiar, reprimen creer y esperar recibir bendiciones de un poder superior. Son estructuras intelectuales y emocionales que conectan a las personas a la realidad presente. La necesidad de renovar continuamente el entendimiento a través de una gran visión espiritual se hace imprescindible, si es que se quiere avanzar.

El doctor José Batista, especialista en esta área del conocimiento, afirma: “El cambio no es aprender, es desaprender; el desaprender produce sufrimiento, puesto que la lucha contra las grabaciones neurofisiológicas grabadas por las experiencias, los refuerzos y las consideraciones, mantienen a la persona atada a la realidad conocida que, como no hace reto al sistema neurofisiológico, no produce sufrimiento; por lo tanto, no se rechaza. El problema es serio cuando aquél es confrontado con la nueva realidad, que demanda un cambio; entonces, está totalmente desarmado para el cambio, puesto que se niega a sufrir”: se recuerda la metamorfosis renovadora del águila: sube al risco, se anida, pierde las plumas, las uñas y hasta el pico, sufre” para luego resurgir y rejuvenecer.

Muchos seres humanos prefieren quedarse a vivir “cómodamente” en un territorio conocido, aunque éste -en realidad- sea una prisión, con tal de evitarse el sufrimiento que significa el cambio, como lo explica el Dr. Batista.

Si se quiere identificar los paradigmas que dominan a las personas, basta con revisar la reacción cuando son desafiadas a indagar sobre los aspectos profesionales, religiosos y políticos. En este sentido, los paradigmas pueden funcionar como una especie de mecanismo de defensa autodestructiva (como sucede en algunas enfermedades autoinmunes: el lupus, la fiebre reumática y otras).

Las personas que anhelan algo mejor necesitan una transformación integral, una que incluya la renovación del entendimiento y la adopción de una cosmovisión totalmente diferente. Es decir: que estén conscientes que lo que importa no es lo que ocurre alrededor de las personas ni lo que llega de afuera, sino” lo que sucede en el interior de ellas.

Se termina este espacio con la siguiente expresión del filósofo H. D. Thoreau: – “Si uno avanza confiadamente en la dirección de sus sueños, y se propone vivir la vida que ha imaginado, se encontrará con éxitos que no esperaba”.

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